SAN LUIS Mª GRIGNION DE MONTFORT: Si el grano de trigo no muere…

Jesús, después de su entrada en Jerusalén, hablando en el templo a la muchedumbre que había ido a la fiesta de Pascua, dijo: En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, dará mucho fruto, Jn 12,24, y cuatro dias después en la conversación con sus apóstoles después de la cena del jueves, antes de su pasión, les dijo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros, Jn 15,18.

Ambas frases pueden aplicarse sin duda alguna al P. Montfort, pues su vida fue un constante morir al mundo para Dios y un gran fracaso, si se mira con ojos humanos. En 1713, tres años antes de su muerte escribió la siguiente carta a su hermana Luisa Grignion, que había profesado en la Congregación de las Benedictinas del Santísimo Sacramento:

¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

Si conocieses al por menor mis cruces y mis humillaciones, dudo mucho que deseases tan ardientemente verme, pues cualquier parte a donde voy, doy a llevar un trozo de mi cruz a mis mejores amigos, la mayoría de las veces a pesar suyo y a pesar mío; todo aquel que me defiende o se atreve a declararse en mi favor participa de ella y alguna que otra vez cae bajo la furia del infierno, a quien combato; del mundo, a quien contradigo; de la carne, que persigo. Un verdadero enjambre de pecados y de pecadores a quienes hago la guerra no me dejan ni a mí ni a ninguno de los míos el menor descanso: siempre alerta, siempre sobre espinas, siempre sobre guijarros afilados. Soy como una pelota puesta en juego: apenas se la ha arrojado de un lado, se ve empujada hacia otro, golpeada rudamente; es el sino de este pobre pecador; así es como me hallo, sin tregua y sin quietud, desde el día en que salí de San Sulpicio, hace trece años.

No obstante, mi querida hermana, bendice al Señor por mí, pues me encuentro satisfecho y alegre en medio de mis sufrimientos y no creo exista en el mundo nada para mi más dulce que la cruz más acerba cuando se halla bañada en la sangre de Jesucristo y en la leche de su divina Madre; pero, además de esta alegría interna, se consigue un grandísimo provecho llevando las cruces.

¡Cuánto desearía que conocieses las mías! Jamás he logrado mayor número de conversiones que después de los entredichos más crueles y más injustos. Ánimo, pues, mi querida hermana; llevemos nuestra cruz en ambas extremidades del reino . Por tu parte llévala esforzadamente; yo, por la mía, procuraré llevarla también, con la ayuda de la gracia divina, sin quejarnos, sin murmurar, sin buscar descargos, sin excusarnos y sin llorar como niños que derraman lágrimas y se quejaran porque les mandan llevar cien libras de oro, o como desesperaría el labrador a quien hubiesen cubierto al campo de luises de oro para hacerle más rico.

La vida de Montfort está fundamentada en dos sólidas bases, la Cruz y el Rosario. Ellas fueron los pilares en que se apoyó su vida apostólica y misionera. La conversión de las almas de los pecadores fue su constante lucha a lo largo de toda su vida. Estando en el colegio de los jesuitas de Rennes, ya acogía a los compañeros y les ayudaba en sus necesidades, obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, durante sus estudios en el seminario de san Sulpicio, también se distinguía por su compañerismo, pero desde su salida de san Sulpicio su vida estuvo constantemente dedicada a las misiones populares para lograr la conversión de los pecadores, porque sus ganas de llevar almas a Dios a través de María le quemaba el corazón.

Tal como se ve en la carta, el amor a su Cruz era la base para ser misericordioso con los pecadores. Él quería padecer, como Cristo, por los pecados de las personas que asistían a su misión y lograr su conversión. Su lucha contra el mundo, el demonio y la carne le hicieron una persona no grata en unas regiones de Francia donde dominaban el calvinismo y el jansenismo.

Durante toda su vida apostólica, dedicada a los personas más sencillas de las ciudades y pueblos de las regiones de Bretaña y La Vendèe, tuvo Montfort una constante, la persecución. En aquellos años, aparte del calvinismo muy extendido en la región de la Rochelle, había en Francia, dentro de la Iglesia católica, los errores del galicanismo y el jansenismo. La influencia de estos errores era tan grande que en aquellos años en todo el país tan solo había cuatro obispos fieles a Roma, los de La Rochelle, Luçon, Oloron y el abate Fenelon, obispo de Cambrai. El jansenismo  fue el gran perseguidor de Montfort, pues esta heregía rechazaba la misericoridia de Dios alegando que los hombres no estaban preparados para recibirla y se tenían que esforzar más en una vida de sacrificio para obtenerla y solo se podían recibir los sacramentos tras una larga vida de penitencia, lo cual era separar a las personas de la frecuencia sacramental. Por esto Montfort fue expulsado de muchas diócesis de Francia, pues los obispos jansenistas no podían soportar la misericordia que Montfort tenía con todos los pecadores que se le acercaban y que les llevaba a la confesión para perdonarles sus pecados y les acercaba a recibir la Eucaristía. 

A finales del siglo XVII, el jansenismo se había convertido, además, en un cristianismo de élites sabias y reformadoras y la religión cristiana popular era mirada como inferior y desviada, por lo que siendo ésta la principal misión apostólica de Montfort era un segundo motivo de persecución. Era tal el odio que el jansenismo le tenía que llegó a ser envenenado  quedando el resto de su vida con una salud deficiente. 

También los poderes públicos, incluso el rey Luis XIV, movidos por calvinistas y jansenistas, hicieron oposición a Montfort alegando causas de seguridad de la nación francesa, cuando su labor era exclusivamente apostólica. 

También la devoción a la Stma. Virgen, que en principio fue bien acogida en el jansenismo, a medida que fue avanzando el tiempo y el jansenismo se hizo más elitista, se empezó a hablar de excesos en la devoción popular mariana de la gente sencilla. Montfort, que en la escuela de Berulle y de Olier, el seminario de san Sulpicio, se había empapado perfectamente de la devoción a María, a lo largo de su vida extendió en sus misiones la omnipotencia suplicante de la Madre de Dios hasta la consagración total a María para llegar a Jesús. En su Tratado de la Verdadera Devoción hizo una profunda crítica de las devociones a Maria que los jansenistas consideraban exageradas.

La labor de Montfort a lo largo de su vida, tal como se puede ver por la carta presentada, fue humanamente un fracaso por las constantes persecuciones que sufrió, pues en 1716, año de su muerte, apenas tenía apóstoles que siguieran su camino para las misiones populares, tan solo cuarto hermanos que se dedicaban a llevar las escuelas parroquiales que fundaba. Como dice su biógrafo Blain, amigo suyo desde el colegio de los jesuitas de Rennes y del seminario de san Sulpicio, a quien pidió que le siguiera, bastaba mirar la vida que llevaba y lo pobremente que vestía, y no era fácil seguirle en su vocación de apóstol. Su vida era demasiado entregada y sacrificada y cuando murió el 28 de abril de dicho año, tan solo el Rvdo. Mulot, sacerdote que le ayudó durante varios años y acabó la misión en saint Laurent que ya había iniciado el santo, ya enfermo y con pocas esperanzas de vida, le siguió un año después de la muerte de Montfort. Es decir que san Luis Mª murió solo, sin misioneros en la Compañía de María que había fundado, pero el grano tenía que morir para que diera fruto. Esto sucedió también con parte de sus escritos, con el Amor a la Sabiduría eterna y, especialmente con el Tratado de la Verdadera Devoción, que quedó enterrado con sus cosas en el momento de su muerte, mientras estaba haciendo la misión en san Laurent sur Sèvres.

En los pueblos y ciudades de la región en que Montfort había hecho misión, el recuerdo de su paso había dejado una profunda huella, reconocida por los párrocos de dichas poblaciones, y los pueblos vecinos insistían en la necesidad de la presencia de los misioneros de la Compañía de María. El Rvdo Mulot, su único sucesor, animado por la curación que el santo le había prometido si le seguía, buscó sacerdotes, que habían colaborado también con Montfort, especialmente el Rvdo. Valet, que también le ayudó en la misión de san Laurent y prosiguieron las misiones en los pueblos de la región con mucho fruto. Ellos fueron los primeros misioneros de la Compañía de María que siguieron a Montfort después de su muerte y en pocos años fue creciendo esta orden misionera.

Después de ochenta años de la muerte de san Luis Mª, la Revolución invadió Francia llevando por todo el país la ruina de la religión y consecuentemente el odio entre los franceses. La Vendée y la Bretaña, regiones por él evangelizadas, fueron tan profundamente inmunizadas contra el virus de la Revolución que fueron las únicas que se levantaron contra ella en defensa de Dios. Fue la Chouannerie. Los cánticos que Montfort utilizaba durante sus misiones con letras piadosas, eran los mismos que despiués cantaron los vendeanos y bretones cuando se aprestaban a luchar contra la Revolución. 

Por la defensa de Dios, estos pueblos siguiendo las enseñanzas de Montfort, dieron su vida. Después de trescientos años de la muerte de Montfort, si se visitan estas regiones, se puede constatar que en sus pueblos aún resuenan los cánticos que el misionero de María compuso para su evangelización.

La influencia de Montfort en el culto a la Stma. Virgen es actualmente fundamental en la Iglesia, él fue de los primeros que nos iluminó con la devoción al Inmaculado Corazón de María, que doscientos años más tarde trascendió en las apariciones de la Virgen en Fátima. 

Tal como él decía los últimos tiempos serán los tiempos en que la devoción a la Stma. Virgen será fundamental en la Iglesia. Porque como dice el santo: María debe resplandecer más que nunca en misericordia, en poder y en gracia en estos ultimos tiempos; en misericordia, para reducir y acoger amorosamente a los pecadores y extraviados; en poder, contra los enemigos de Dios y debe resplandecer en gracia para animar y sostener a los soldados valientes y fieles servidores de Jesucristo. (TVD n. 50). Del mismo modo que por medio de Ella comenzó la salvación del mundo, por medio de ella llegará el Reino de Cristo. 

¡Realmente el grano de trigo murió…. ¡